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Fin de las vacaciones y vuelta al currele

El 1 de septiembre nunca supuso un trauma para mí. Tampoco soy de las que dicen sufrir el síndrome postvacacional porque, sí, se está a gustísimo de vacaciones (en casa, en la playa, en el pueblo o donde sea), es perfecto no madrugar, pasarse el día con el dilema existencial de '¿me como un helado o prefiero un refrigerio?'..., pero también me gusta mi trabajo, qué le vamos a hacer.

Lo que no me gusta es separarme de mi pequeñaja, sea la vuelta de las vacaciones o sea primeros de año. Con el paso de los meses lo he ido llevando mejor, pero me temo que Clau lo ha hecho al contrario: más a peor.

Este domingo pasado tuvimos una conversación madre-hija en la que traté de explicarle que mami tendría que ir a trabajar al día siguiente, que si se echaba la siesta, cuando se despertase, ahí iba a estar de nuevo para jugar con ella y comer salchichón (sí, es una de las cosas que nos hemos traído en la maleta: el gusto por el espetec o 'chachichón', como lo llama ella).

Cuando terminé, me miró con ojitos alegres y me dio un abrazo. Yo creo, sinceramente, que no se enteró de nada y que creyó que le estaría contando un cuento chino para mantenerla atenta.
Muy a mi pesar, esa madrugada (y se ha repetido en la de ayer) estuvo llamándome varias veces. No le bastaba con verme, quería que la tocara, que me recostara con ella en la cama, que la hablase bajito... que le diese mimos, vamos.

Por la mañana, cuando salí de casa, me contó mi marido que me llamaba sin parar y cuando se despertó continuó haciéndolo.

Tanto ayer como hoy ha estado muy mimosa e incluso desganada para jugar, según me ha contado mi madre.

Conmigo, a mi vuelta del trabajo, como siempre: mimosa, cariñosa y con grandes dosis de mamitis aguda.

Qué le podemos hacer. Como en todo: paciencia y buen humor.

Bienvenidas a la realidad a todas la mamis trabajadoras que, como yo, tenemos que vivir esta vuelta de esta manera.

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